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Fylshh, quédate en la entrada de la mina, vigila que no venga nadie. – Ordenó el que parecía encabezar el grupo.
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Siempre yo, siempre yo. Está bien… – Contestó Fylshh con resignación.
- ¡Mierda, mierda! ¿Qué ha sido eso? – preguntó uno de los hombres.
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Yo que sé, he notado como si alguien pasara a mi lado, luego la luz y ya… – Contestó otro hombre mientras trataba de alcanzar su tridente.
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¡Aaaaaargh, mis pies! – gritó uno de ellos.
- ¡Mis pies, algo me ha mordido los tobillos, buscad una antor blbghhhhhhhhhhh… –
- ¡Mis huevos! ¡Maldita zorra!, ¿qué haces?
El grupo, ahora formado por tres hombres-lagarto y la mujer se adentraron en la mina, mientras que Fylshh, apoyando su escamosa espalda sobre la pared, esperaba que llegara su turno…
Lindiith miró hacia abajo, a pocos metros se encontraba el lagarto que vigilaba la entrada. Tenía que hacer algo, no podía dejar que esto ocurriera.
Sacó una daga curva del interior de su bota y la sostuvo con fuerza con su mano derecha, tan fuerte que notó un calambre que subía desde su mano hasta su antebrazo.
Llevo la daga hasta detrás de su cabeza y, como si de un resorte se tratara, movió rápidamente su brazo lanzando la daga contra el hombre-lagarto, clavándola limpiamente en la garganta de éste, impidiéndole pronunciar sonido alguno.
El hombre-lagarto se llevó las manos a la garganta y se desplomó sobre el suelo.
Lindiith bajó de un salto al suelo, corriendo a examinar el cuerpo del guardia, extrajo la daga de la garganta de éste y la restregó sobre las ropas para limpiarla.
No tenía otra opción que adentrarse en la mina.
Apartó el cuerpo del guardia lejos de la entrada para que no quedara tan visible, no fuera que viniese alguien y lo encontrara.
Se adentró en la mina en silencio, tratando de escuchar cualquier sonido.
Le pareció ver como al final de un túnel parpadeaba una luz, al poco tiempo el resto del túnel quedó en la más absoluta oscuridad.
Por suerte, si una cosa saber hacer muy bien era moverse por la oscuridad, en silencio.
No tardó en alcanzar a los hombres al final del pasillo, tenía que actuar rápido.
De un manotazo arrebató la antorcha a uno de ellos y la lanzó contra el suelo arenoso. Acto seguido, con una velocidad inusual sacó el recipiente de barro de su zurrón y lo arrojó contra la antorcha, provocando primero un destello y haciendo que la luz de la antorcha se extinguiera por completo, dejando la mina completamente a oscuras.
Lindiith se había deslizado por el suelo y con su daga curva con un rápido movimiento seccionó los tendones de ambos pies de un hombre, haciendo que cayera al suelo.
Lindiith había aprovechado que el hombre se sujetaba los talones para hundir su daga en la garganta del hombre, haciendo que nunca pudiera terminar su frase.
Lindiith se retiró a una distancia prudencial, había arriesgado demasiado en este último movimiento y el túnel era estrecho.
Uno de los hombres arrojó a la mujer al suelo, justo detrás de ellos, no era más que un estorbo en esta situación, ya se encargaría de ella más tarde.
Lindiith tanteó el suelo y encontró lo que andaba buscando, agarró una enorme piedra y una mucho más pequeña.
Lanzó la pequeña justo detrás del grupo de dos hombres, se trataba de una maniobra de distracción, si con los animales del subsuelo funcionaba, por qué no iba a funcionar con estos seres…
Los hombres se giraron alertados por el ruido, momento que aprovechó Lindiith para lanzarse sobre uno de ellos y golpearle secamente en la sien con la roca.
El hombre cayó inerte al suelo mientras por su sien brotaba una extraña masa gelatinosa.
Sólo quedaba un hombre, parece que tenía todo a su favor.
El hombre, asustado, tanteó el suelo buscando a la mujer, la recogió del suelo y la colocó justo en frente de ella, mientras apoyaba su espalda contra la pared en lo que parecía una esquina.
Lindiith lo iba a tener difícil si no quería hacer daño a la mujer. Se paró pensativo, tratando de que se le ocurriera algo, mientras observaba en la oscuridad a la mujer justo delante del hombre-lagarto, como si se tratara de un escudo.
Observó como las ligaduras de las manos de la mujer se habían aflojada, posiblemente debido al forcejeo o cuando la arrojaron al suelo.
La mujer, consciente también de que sus ataduras estaban algo más sueltas, trató de sacar una de las manos, con cuidado, no quería que el hombre-lagarto se diera cuenta de esto.
Por fin consiguió sacar la mano derecha y la fue moviendo con mucho cuidado, hacia su espalda, una vez estuvo donde quería…
La mujer había clavado con toda sus fuerzas sus uñas en la zona genital del hombre-lagarto, y estaba comenzando a retorcer la mano como si quisiera abrir el pomo de una puerta.
Lindiith aprovechó ese momento y se abalanzó sobre el hombre, seccionando su garganta con un limpio tajo.
El último de los hombres cayó al suelo mientras de su garganta manaba la sangre a borbotones.
Lindiith suspiró, se acercó a la mujer.
La mujer, notó que algo se le aproximaba en la oscuridad y se echó hacia atrás.
Lindiith tomó las manos de la mujer y las aproximó a su cara, dejó que sus manos recorrieran todos los rasgos de su cara, notando en ese momento que la respiración de la mujer era más tranquila, más armónica,
Se levantó y, tomando a la mujer de la mano, se encaminaron juntos a la entrada de la mina.
A los pocos minutos se encontraban fuera de ésta, bajo el cielo estrellado.
Ella lo miró por primera vez, nunca había visto un ser que emanara tanta belleza y misterio a la vez.
Lo abrazó con fuerza a la vez que rompió a llorar.
Liindith se dejó abrazar, notó el cuerpo de la mujer apretado contra el suyo, notó como a la mujer se le escapa el aliento y recorría su nunca.
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